La tesis de filosofía del sub Marcos: una lectura de Althusser

La tesis de filosofía del sub Marcos: una lectura de Althusser

En 1980 Rafael Sebastián Guillén Vicente obtuvo en la UNAM el título de licenciado en filosofía con la tesis que escribió sobre el tema Filosofía y educación, prácticas discursivas y prácticas ideológicas. Sujeto y cambio históricos en libros de texto oficiales para la educación primaria en México. La elaboración del trabajo se realizó apoyándose explícitamente en la teoría de Althusser sobre las contradicciones en las formaciones sociales capitalistas, y en especial sobre los aparatos ideológicos de Estado, entre los que se incluye la escuela. En la ponencia elaborada para participar en el Coloquio Althusser en América Latina se expone el clima universitario y político vigente a fines de la década de 1970 y el perfil del estudiante Guillén Vicente a partir de testimonios recogidos por el autor. A continuación se desglosan las partes integrantes de la tesis de Guillén Vicente con breves referencias a su contenido. La parte medular de este trabajo se concentra en el capítulo IV del documento de referencia ya que allí culmina el análisis ofrecido por la tesis. Se contrasta la ideología presente en el escrito académico con el estilo de pensamiento expresado por el subcomandante Marcos como líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Por último, se incluyen algunas reflexiones que se desprenden de la investigación llevada a cabo por el estudiante de filosofía que está concluyendo sus estudios de licenciatura.

Palabras clave: zapatismo, revolución, identidad, filosofía

 

Desde Ciudad Universitaria a las montañas del Sureste

Una pregunta orienta el sentido de la siguiente exposición sobre la tesis de filosofía sustentada por Rafael Sebastián Guillen Vicente en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM): ¿qué episodios de continuidad y ruptura hay entre el estudiante universitario y el subcomandante Marcos, entre el individuo que teoriza la revolución y el dirigente fusionado en un movimiento político que subvierte el statu quo? ¿Cómo se compaginan y cómo divergen ambos sujetos pensados como tales por el principio de la identidad/diferencia?

El objetivo que traza el camino a seguir es depurar el discurso revolucionario de sus elementos religiosos, principalmente la ortodoxia y el culto de una historia sagrada que arrancaría con Marx y su concepción pedagógica de la teoría y de la práctica. En consecuencia, hay que evitar por un lado la idea de que un texto anticipa las tareas de la transformación social y política, y por otro, se trata de no congelar la experiencia zapatista en el concepto de utopías realizadas.

El criterio del análisis se apoya en un principio enunciado por Martin Heidegger: “En lo escrito desaparece lo pensado…”[1] Por el carácter irrepetible de lo real, no se debe caer en la trampa de que el discurso es una reproducción anticipada de lo concreto (síntesis de múltiples determinaciones). El discurso congelado en un texto nos invita a desarticular las condiciones en que se pensó, en la estrategia que presidió su diseño y elaboración, en lugar de encontrar respuestas que sofoquen la capacidad de pensar.

Una lectura de Althusser, una entre múltiples, se rige por la oposición entre el uno y el todo, entre el individuo y el universal. La tesis de Guillén Vicente persigue el objetivo de desarrollar una lectura paradigmática (totalizante) que establezca un vínculo de transformación entre discurso y realidad. Sin embargo, en sí misma contiene una serie de peticiones de principio sesgadas hacia una realidad más simbólica que efectiva.

Por último, pero no menos importante, cabe remarcar que la heterogeneidad entre filosofía y política se revela en que la primera, o sea, la reflexión, privilegia captar la necesidad del acontecimiento, mientras que la práctica política se enfrenta a resolver la contingencia de la coyuntura.


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Una deliberada provocación se lanza desde el título de esta ponencia ya que el subcomandante Marcos nunca ha escrito una tesis de filosofía. Fue Rafael Sebastián Guillén Vicente, más conocido como “el Rafa” entre sus compañeros de la UNAM y denunciado por el gobierno de Ernesto Zedillo como portador de la identidad civil del subcomandante Marcos, quien presentó su tesis de licenciatura en filosofía en octubre de 1980, escrita desde un lugar “cerca, muy cerca de ciudad universitaria”, como reza al final del texto. Dirigió el trabajo de investigación un brillante y respetado profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, el doctor Cesáreo Morales, pensador independiente a quien se atribuye un papel importante en la elaboración del famoso discurso que  pronunciara Luis Donaldo Colosio el 6 de marzo de 1994, días antes de su asesinato. A muchos asombra que el subcomandante Marcos haya negado rotundamente ser Guillén Vicente, como lo conoce la Secretaría de Gobernación. No es casual ni se trata de un simple capricho; así como Heráclito sostenía que no nos bañamos dos veces en el mismo río, el nombre de la pila bautismal nos encierra en una identidad que en cualquier momento podemos desechar para reflejar los cambios que experimentamos en el transcurso de la existencia.

Cuentan que “el Rafa” era un tipo de hábitos más o menos regulares. Vestía a diario casi un uniforme civil: pantalones de mezclilla, zapatos tenis, una camisa blanca y un suéter al cuello que colgaba sobre los hombros, prenda que solía enfundarse en la noche de regreso al modesto departamento que habitaba en Copilco, “cerca, muy cerca de ciudad universitaria”. Desde aqu ella época se le reconocía por su mordaz y espontáneo sentido del humor. Compartir la plática con él inmunizaba contra el aburrimiento, aunque de todos modos no se podía afirmar que fuera extravertido; por el contrario, la ironía y las bromas ingeniosas que gastaba a menudo erigían una muralla protectora de su reservada intimidad.   También lo llegaron a apodar “Cachún Bambé”, por el entusiasmo con que repartía en los pasillos de la facultad los poemas del cubano Nicolás Guillén (ahora sólo falta que algún funcionario del CISEN se ponga a investigar un posible parentesco entre ambos Guillén “subversivos” perturbadores del orden sacrosanto). El entonces director de la facultad, Ricardo Guerra, un profesor que explicaba a Hegel por radio UNAM, le permitía utilizar el mimeógrafo de la institución para que imprimiera los rítmicos versos de Guillén (“mayombe bombe mayombé”, canción para matar una culebra del negro del Caribe).

Asistía a clases Guillén Vicente (el que después desecharía su identidad civil y se instalaría en las cañadas) con un libro siempre diferente bajo el brazo, que denotaba su extraordinaria capacidad de lector. Mientras sus compañeros tomaban apuntes, él prestaba atención al docente sin escribir una sola nota. De pronto, casi al final de la clase sacaba una ficha guardada con esmero en su libro y en ella garabateaba alguna idea. Recuerdan mis informantes que las exposiciones de Bolívar Echeverría (lamentablemente, ya fallecido), ese gurú escogido por varios “telerines” y algún grupúsculo sexopolítico, aunque lo respetaba, le parecían inútilmente complicadas. Era un marxismo de esquemas y fórmulas que nunca alcanzaba la práctica, un infinito pulir conceptos que se batían a duelo virtual con otros conceptos.

 

Reporte sobre “la lucha de clases en la teoría”, y en la televisión

A fines de los años setenta del pasado siglo, la escuela de filosofía de la UNAM albergaba catedráticos que podrían dividirse en tres grandes tendencias. En un sector se podía contar a quienes se interesaban por la repercusión de los problemas sociales sobre la reflexión teórica y la influencia de esta última en la transformación de la realidad. En este grupo, bastante heterogéneo, cabe mencionar a Adolfo Sánchez Vázquez, Luis Villoro, los ya fallecidos Carlos Pereyra y Juan Garzón Bates, Bolívar Echeverría, Cesáreo Morales. Por supuesto, los que se acaban de citar sostenían entre sí posiciones a veces disímiles y conservaban su independencia personal. Luego, entre los críticos puramente formales del orden establecido figuraban Leopoldo Zea y Abelardo Villegas, pero sus actitudes de aliados con el mismo orden establecido despertaban suspicacias y desconfianzas entre los estudiantes. En el rincón opuesto al primer grupo, en lo que podría denominarse derecha liberal, se ubicaban quienes empeñados en negar la detestable empiria y escudándose en la inmaculada asepsia del positivismo lógico, habitaban en un universo de realidades suprasensibles plagado de símbolos matemáticos.

En ese contexto, Guillén Vicente escogió a Cesáreo Morales como asesor de tesis, un hombre de comprobada honestidad intelectual y seriedad académica, que además había hecho estudios de posgrado en París con Althusser, pensador que deslumbraba al Rafa por su contundente claridad. Y no sólo a él, ya que sus textos alimentaban a una pléyade de militantes jóvenes en el resto de México. Así, a la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo se incorporaron entre 1976 y 1977 dos convencidos althusserianos: César Gálvez y Mauricio Malamud.

En 1979 Cesáreo Morales y Luis Villoro asistieron a participar como sinodales en el examen de licenciatura de una tesis que yo había dirigido como maestro en la mencionada universidad de Morelia. Ambos quedaron muy satisfechos con el buen nivel y la originalidad del escrito que defendió el entonces estudiante Juan Madrigal, precisamente sobre la obra de Althusser. En algún momento de la cena que después tuvimos en un restaurante de la ciudad, Cesáreo deslizó que en México asesoraba a un muchacho interesado en problemas similares planteados por el autor de Pour Marx. Comentamos en aquella ocasión la brutal muerte de César Gálvez en un accidente carretero que nos entristeció; como ya lo dije, era un preclaro joven que se había distinguido como el primer althusseriano en llevar esa posición filosófica a la universidad michoacana.

Hurgando recuerdos, Cesáreo evocó algo que le había confiado Althusser en París. El filósofo estaba intrigado por saber quién sería un seguidor suyo que le enviaba ates morelianos y afiches de un coloquio sobre su pensamiento que habíamos organizado en 1976 en la ciudad de la cantera rosa. Era el inefable César. El profesor de la Escuela Normal Superior en París también le había manifestado su asombro por la heterogénea recepción que experimentaban sus artículos en América Latina, diseñados a menudo con la mira puesta en la coyuntura francesa. Por ejemplo, las notas sobre “los aparatos ideológicos de Estado” (AIE) habían surgido concebidos como una crítica a “la rebeldía estudiantil pequeño burguesa”  en el mayo de 1968, al tiempo que destacaba al partido en su función política de canalizar la lucha revolucionaria. En contraste, con orgullo un guerrillero argentino exiliado había narrado a Althusser el caso de un compañero suyo asesinado por un grupo de tareas de las criminales fuerzas militares de aquel país. Al revisar la mochila del combatiente abatido encontraron un ejemplar de La filosofía como arma de la revolución, título de uno de los Cuadernos de Pasado y Presente en el que justamente se incluían las citadas notas. De hecho, la censura dictatorial argentina (1976-1983) había prohibido los libros de Althusser, junto a los de Marx, Lenin, Freud, Piaget, y una larga lista de “subversivos”. Los efectos de recepción son impredecibles. Es cierto que quienes se identificaban como “althusserianos” defendían su posición política y teórica con gran vehemencia, y al mismo tiempo ignoraban el complejo origen de los planteamientos sobre los AIE.

Cabe evocar en el ambiente cotidiano de esos años, en que las autoridades culturales de México eran el Jacobo Zabludovsky del noticiario 24 horas y el Raúl Velasco del inclasificable programa Siempre en domingo, la visita que hicieran a estas “tierras salvajes” los “nuevos filósofos”, Bernard Levy y André Glücksmann, entre otros. En plena guerra fría, la Televisa del “Tigre” Azcárraga aprovechó la ocasión para difundir las ocurrencias reaccionarias de este efímero cenáculo de ideólogos que, al renegar de sus anteriores simpatías con el marxismo (maoístas en algunos casos) y al denunciar el Gulag soviético, descalificaban cualquier posición en contra de la dominación clasista, escudándose en descartar por perimidos “los grandes maestros” del pensamiento. Como era de esperarse, en la UNAM fueron rechazados con desprecio estos emisarios del colonialismo cultural europeo que venían a “civilizar” la raza en nombre de la caducidad de las ideologías. A ese espacio del “maccarthismo” difundido por la pantalla noticiosa nocturna se vino a sumar Octavio Paz casi de inmediato, obsesionado por hacerse del premio Nobel enarbolando la bandera del cruzado que se enfrenta a todas las revoluciones que en este mundo han sido.

 

Una disertación con título del barroco tardío

La tesis de Guillén Vicente se titula, escuchen bien, Filosofía y educación, prácticas discursivas y prácticas ideológicas. Sujeto y cambio históricos en libros de texto oficiales para la educación primaria en México. ¿Qué tal? El barroco revolucionario en plenitud detrás de la kilométrica enumeración. La disertación está capturada en máquina de escribir, impresa en hojas tamaño carta, consta de 121 páginas de texto y bibliografía y, eso sí se agradece, brillan por su ausencia las dedicatorias cursis cuya larga enumeración comienza por el Altísimo y termina por los familiares en tercera línea. Se inicia con un prefacio, seguido de cuatro títulos que denomina “partes” (Sobre la práctica filosófica; Sobre los conceptos generales de una teoría de las ideologías; El mecanismo ideológico dominante y el proceso de trabajo; Hacia el análisis concreto). Como parte cinco se ubica el parágrafo “A manera de conclusiones”, e incorrectamente se considera parte seis a lo que es un anexo y parte siete a la bibliografía. El anexo reproduce el informe de una educadora sobre una clase en un jardín de infantes. Luego se enumera la bibliografía, que abarca 90 escritos, además de los libros de texto oficiales para la educación primaria en México.

En primer lugar, inclusive alfabético, se alinean nueve libros de Althusser. Un peso similar tiene la amplia referencia a alguien que venía del estructuralismo, Michel Foucault, que con su teoría del poder ya había emprendido una crítica de la “hipótesis represiva” (Marx-Freud). A continuación, en orden de importancia predominan los autores del círculo áulico que rodeó la figura de Althusser (Badiou, Balibar, Lecourt, el argentino Emilio de Ípola, Macherey, Pêcheux, Poulantzas) hasta que la desgracia hizo presa suya y lo condujo a asfixiar a su compañera de muchos años. Este crimen silenció hasta la mención del nombre del teórico francés en la academia, algo que me parece injusto y absurdo.[2] Quedó fuera del sistema, clasificado como enfermo mental. A mi parecer, esta situación lo despojó de los deberes que pesan sobre el profesor universitario y le posibilitó un pensamiento más libre, sin las ataduras del sujeto que se encarna en el espacio social y político.

Fernanda Navarro se animó, entre otros, a traspasar la barrera del silencio y reunió en un libro sus entrevistas con Althusser en el hospital psiquiátrico donde era atendido durante la década de 1980. Los trastornos mentales manifestados en varias ocasiones habían hecho mella en la personalidad del filósofo desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial, quizá ocasionados como secuela de su cautiverio en manos de los nazis durante cinco años por participar de la resistencia francesa. Dicho de nuevo, cualquier psicopatología no inhabilita para pensar. Por fin, en cuanto a la bibliografía valga subrayar el escuálido número de libros que empleó Guillén Vicente para analizar “la formación social mexicana”, como se declaraba pomposamente en aquellas circunstancias: sólo abarca dos obras de Juan Felipe Leal.

En una lectura de aproximación, hay que remarcar el interés del aspirante a licenciado por vincular la reflexión filosófica con la coyuntura en que se hallaba inmerso durante el sexenio de José López Portillo, quien con imprudencia había declarado “hay que prepararse para administrar la abundancia”, entusiasmado por el auge petrolero en ciernes que auguraba inmensas riquezas enmarcadas por una pobreza ancestral. Ignoraba el default que lo aguardaría en 1982, cuando el gobierno mexicano declaró la cesación de pagos de su deuda. El texto puede definirse por una visión clasista del estado, en particular el mexicano; inclusive se hace explícita referencia a un discurso del entonces presidente y sin mayor trámite se lo asimila a la filosofía idealista de Hegel porque en ambos se considera que el estado “es el lugar donde se soluciona la lucha entre tendencias antagónicas” (página 91), lo que según el disertante está al servicio de enmascarar el carácter irreconciliable de esas mismas contradicciones.

Yendo al presente, un rasgo muy propio del subcomandante Marcos, que ahora es un sujeto colectivo (“todos somos Marcos”, asevera la consigna), consiste en encarar la política desde el principio de las contradicciones irreconciliables: no avanza mediante transacciones que le permitan alcanzar otros acuerdos, sostiene por años una tesis y no concede siquiera un gramo de sensatez a la tesis que evalúa como antagónica. En las elecciones presidenciales del 2012, en una coyuntura muy difícil para el futuro del país, declara su prescindencia y las observa desde un punto de mira externo, como si se tratara de una ceremonia que sólo involucra a las cúpulas de los partidos. No es una crítica sino una descripción de una forma radical de moverse en la política. No se está sugiriendo que debería de seguir un tortuoso camino de reformas parciales que nunca se cumplen. Quizá Marcos no sea marxista en nuestros días y su guerrilla estaría asumiendo las peculiaridades de un movimiento social, como lo define Touraine, pero algunas facciones del asalto revolucionario (y no de la “rebeldía”, como le confesó a Scherer) perviven en su conducta pública.

Valga una aclaración para que no se malentienda la crítica a la contradicción irreconciliable. La contradicción dialéctica empleada por Marx como un brillante método de análisis ha sido interpretada de las más diversas maneras, incluso por Mao Tse Tung cuando dirigía los destinos de China. Desde el enfoque que yo asumo, identificar contradicciones en la sociedad significa que la crisis económica, política, social y cultural exige cambiar las relaciones vigentes hacia otro modelo de comunidad, que los liderazgos muestran su obsolescencia. En contraste, la hegemonía del proyecto capitalista dirige al conjunto social mediante políticas públicas que no se proponen eliminar la pobreza ni la desigualdad social, sino mantener sus niveles estadísticos dentro de ciertos umbrales “tolerables”. En lugar de la contradicción, los intelectuales orgánicos del régimen emplean la teoría del conflicto, que siempre es generado por quien no cumple la función asignada por la división del trabajo, y por ende, es patológico y se hace pasible de represión o de un proceso de readaptación. La distinción entre normal y patológico es arbitraria. Así, Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, intimó recientemente a los griegos con la frase “paguen sus impuestos”. Un amplio sector de ciudadanos de ese país se hallan en la ruina, después de haber perdido sus propiedades o sus trabajos, pero al no pagar sus impuestos son “patológicos”. En cambio, la señora Lagarde es “normal”: gana 380.000 euros al año y por ser funcionaria internacional no está obligada a pagar impuestos. Aquí hay una contradicción, un indicio de que las cosas no marchan muy bien en el mundo actual.

Ahora bien, algo inconfundible en el escrito de Guillén Vicente es el fresco humor que trasunta en el estilo de exposición. No era común en aquella época abordar los temas de la práctica revolucionaria con desparpajo; al contrario, con frecuencia se les dedicaba la solemnidad sectaria que tanto criticaron el poeta Ramón Martínez Ocaranza, José Revueltas, Efraín Huerta. De ahí que sea bienvenida la irreverencia de algunos epígrafes (“Las masas son una mierda” o bien “Stalin, como dios, está en todas partes”) así como la ironía de otros (“Amor es nunca tener que pedir prestado”, “Los neofilósofos llegaron ya, y llegaron bailando cha-cha-chá…”). En los apartados que vienen  enseguida desarrollaré algunos aspectos referidos a la estructura y el contenido del trabajo.

 

De la grilla a la guerrilla

Un comentario detallado de un documento académico no es el propósito de estas páginas, más orientadas a informar los trazos más significativos de la tesis de Guillén Vicente, como un antecedente para entender la relevancia pública adquirida por el dirigente político y las innovaciones que introdujo en la forma de hacer política bajo la consigna de “mandar obedeciendo” al fusionarse con los indígenas. Preferí, en ese sentido, adoptar un punto de vista específico sobre el trabajo comentado y enfocarme a profundizar un asunto clave de sus argumentos. Después de la fundamentación materialista dialéctica que se presenta en los primeros capítulos, se propone abordar un “análisis concreto” (¡invocación milagrosa!) en la parte cuarta, a la que se dedicará la exposición propiamente medular en esta ponencia. Se supone que en dicho apartado se concentra el mayor esfuerzo creativo y las principales propuestas del autor. Ahora bien, al mismo tiempo que me pareció importante extraer las conclusiones del discurso, estimé que era ineludible verificar si Guillén y Marcos[3] son paralelas que se tocan o si ni siquiera se saludan; entiéndase, en cuanto a sus respectivas propuestas sobre la insoslayable transformación sociopolítica de México.


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Por supuesto, las diferencias saltan a la vista, por lo que es de suponer un cambio de paradigma entre Ciudad Universitaria y la selva chiapaneca. No es lo mismo correr con tenis por las islas de la UNAM que desplazarse con botas en medio de lodazales cargando uniforme y pertrechos. Esa distancia media entre un documento escrito para el examen de licenciatura y l a redacción de arengas revolucionarias en un contexto de peligro mortal. Desde esa perspectiva, el trabajo de investigación de Rafael Guillén parece una modesta pieza de oratoria universitaria diseñada por un muchacho inteligente e informado, aunque pretende constituirse en un programa de acción que reclama “ir a la práctica”. Como se verá, su lectura ofrece múltiples perspectivas de interpretación.

 

¡Duro, duro, Durito!

En el pórtico de entrada al documento se inscriben entre otros epígrafes unas palabras de Foucault en las que éste sostiene la necesidad de “analizar el poder en términos de lucha, de enfrentamiento, deguerra” (subrayado en el original). ¿No sabría el Rafa que esa cita correspondía a lo que Foucault denominaba la “hipótesis Nietzsche”, línea de demarcación frente la “hipótesis repre siva” de Marx-Freud? Sí lo tenía que saber porque esa frase se encuentra en la clase del 7 de enero de 1976, contenida enMicrofísica del poder,[4] donde también se desarrollan los cuestionamientos al carácter totalizador del poder en la teoría de Marx. En principio, no admite Foucault que desde el estado emane todo el poder sino que atraviesa y se genera en esos microespacios en que se plantean las relaciones cara a cara. Además, la represión es una de las dimensiones que caracteriza al ejercicio del poder; aun así, los discursos del poder exigen decir la verdad y en ese sentido son productivos, producen sujetos sociales.

La pregunta erudita no invalida el llamado a la guerra formulado desde un inicio, esa guerra que Heráclito erigía como la madre de todas las cosas. Con ese criterio se examina la práctica de la filosofía y se arriba a la conclusión de que ésta no se explica por sí misma sino que sus problemas remiten a “su última determinación en el proceso de reproducción/ transformación de las relaciones de producción” (página 8). Además, la filosofía debe entenderse en su doble articulación con las ciencias y con la política. En sentido estricto, el esquema responde a la más pura cepa de Althusser, ya que en el materialismo de éste la filosofía se concibe como lucha de clases en la teoría, vínculo con el mundo exterior que el idealismo en su afán angélico se encarga de ocultar o negar.

Se arriba así a un nudo esencial del estudio, el que se refiere a las formaciones ideológicas, que abarcan diversos campos de la práctica social (familia, escuela, sindicato, iglesia, etc.), articulados por la función de dominación que ejerce el ESTADO (con puras mayúsculas en el original, como si fuera el nombre de Dios Padre). Debe recordarse que los discípulos del discurso althusseriano vivían obsesionados con las “prácticas” de los actores sociales al convertirse en sujetos, casi como los kantianos lo hacían con las “facultades” del espíritu humano, según rememora Hegel al confesar que en el seminario de Jena se dedicaban a intentar descubrir nuevas facultades entre los arbustos del jardín. En sus clases César Gálvez argumentaba con fervor su propio descubrimiento de la “práctica erótica”. Así, en la tesis analizada (página 106) se define a la “práctica filosófica” como una “práctica discursiva” articulada con la “práctica política” y la “práctica científica”. Si se examina el concepto de práctica utilizado por Althusser se comprueba que se apoya en el concepto de proceso de trabajo (FT+IT+OT…P) presente en El Capital de Marx, que a su vez se subordina al proceso de valorización. Por último, la práctica educativa de clase es la que interesa a Rafael Guillén como objeto de estudio.

Los aparatos ideológicos de Estado (el manual de Martha Harnecker lo había repetido hasta el cansancio) cumplen una tarea específica, la reproducción de las relaciones de producción, en la que no caben objetos discursivos neutros: éstos se lanzan al ruedo desde la burguesía o desde el proletariado, sirven para la sumisión o para la rebelión frente al orden establecido. En una de las numerosas versiones de la lectura de Althusser no hay medias tintas, al igual que en la doctrina del sacerdote persa Mani, que sostenía la lucha singular entre el principio de la luz (el bien) y el principio de las tinieblas (el mal). Dos sustancias enfrentadas que no admiten grados intermedios. En el documento de Guillén, esos personajes son el materialismo y el idealismo, en una antinomia excluyente. Las líneas de demarcación en el pensamiento althusseriano definen los campos que separa la contradicción antagónica en sus dos términos.

Nietzsche, autor que no merece una sola mención en el trabajo académico, ha criticado la religión por este tipo de oposiciones antagónicas e irreconciliables. Va una cita de su texto La voluntad de poderío:

Para todos los hombres que han conservado el vigor y han permanecido cerca de la naturaleza, el amor y el odio, la gratitud y la venganza, la bondad y la cólera, la acción afirmativa y la acción negativa, son inseparables. Se es bueno si de alguna manera sabemos ser malos; se es malo porque de otra forma no podríamos ser buenos. ¿De dónde procede, por tanto, ese estado enfermizo, esa ideología contra natura que rechaza una doble tendencia, que enseña como virtud suprema no poseer más que un semivalor? ¿De dónde viene esa hemiplejía de la virtud inventada por el hombre bueno…? Se exige del hombre la amputación de los instintos que le permitan llevar la contraria, hacer daño, montar en cólera, exigir venganza… A esta desnaturalización corresponde luego esa concepción dualista de un ser puramente bueno y puramente malo.[5]

La leyenda negra de un Nietzsche inspirador del nacional socialismo de Hitler aún circulaba en aquel decenio de 1970, pese a que Deleuze ya había difundido las pruebas de que las “correcciones” de su obra por la perversa hermana Elizabeth eran la causa de esa tergiversación que asimilaba el superhombre con la raza aria. En todo caso, las contradicciones antagónicas entre polos puros sirven para fomentar la división del mundo en ovejas blancas y negras (como aconseja Hitler en Mein Kampf), a la vez que ayudan a construir la figura de un ídolo olímpico invencible, que nunca pierde la máscara (o el pasamontañas) ni lo afecta la kryptonita. En este conflictivo planeta, yo optaría por esa definición del odio que trae Pierre Girard: “El que odia se odia a sí mismo, por la admiración secreta que le despierta el objeto odiado.” No hay un sujeto puro que pueda erigirse como representante exclusivo de una dimensión en la contradictoria relación de los opuestos.

En un documento reciente (“Carta a Luis Villoro sobre ética y política”)[6], Marcos, el individuo, persiste en trazar líneas de demarcación claras y contundentes entre su posición política y los actores sociales que se mueven en el terreno de la política estatal en México. Sin concesiones se refiere a los posibles candidatos de los tres partidos mayoritarios como unos bribones dedicados a medrar con el negocio de la mentira. Ahora bien, se olvida así que aun las mentiras y la simulación fungen como dispositivos internos de “prácticas discursivas” que producen conductas de masa, y en todo caso nuestra tarea política es desarticular el proceso de producción en que se presentan esos excrementos ideológicos. Lo real nunca aparece desnudo. La política se enfoca a modificar las relaciones de fuerza en el sentido de un proyecto, a favor de las mayorías explotadas en un caso, como acumulación de apoyos para los sectores que monopolizan el ejercicio del poder, en otro. La tesis XI sobre Feuerbach expresa justamente que “Los filósofos no han hecho sino interpretar el mundo de diferentes maneras, lo que importa es transformarlo”[7]. Esa transformación requiere una interpretación adecuada de las relaciones de fuerza que se pretende transformar; sobre la base de esa interpretación se trazan las líneas estratégicas para arrebatar la hegemonía al enemigo.

Asimismo, en esa carta manifiesta un desprecio y una descalificación generalizada hacia los intelectuales, salvo algunas figuras de elegidos, todos respetables, que se mencionan por su nombre: Pablo González Casanova, Adolfo Gilly, Tomás Segovia y Luis Villoro. Se advierte entonces que desde los Altos de Chiapas se reparten indulgencias y excomuniones, una práctica no deseada de fomentar el culto de una historia sagrada del movimiento político al tiempo que se enuncian coordenadas de ortodoxia.

También en esa carta se interroga el subcomandante sobre si el Poder es el gran corruptor de quienes se acercan a sus faldas, o si quienes acceden a él ya se hallan corruptos hasta los huesos. Según el autor, en ese escenario predomina la manipulación, ya que respecto del candidato del Partido Revolucionario Institucional se afirma que es un títere a disposición de quien lo maneje.[8] El ingrediente que mueve el análisis es el humor picante, el desenfado, la observación ingeniosa, el empleo de palabras prohibidas por la presunta decencia (puta, mierda, hijo de la chingada). En estos rasgos se conservan, pulidos, los elementos básicos de la retórica inicial que se puede recoger en las páginas de la tesis de filosofía.

Al parecer, esta pieza del discurso político zapatista insiste en las oposiciones radicales y ahistóricas que impiden visualizar los matices, las mediaciones, la heterogeneidad, las relaciones de fuerza en sus distintos ámbitos, en suma, la falta de un análisis pormenorizado de los múltiples actores sociales que se desenvuelven en la vida económica, política, social y cultural de México. Así como en la tesis de filosofía se hacía referencia a la formación social mexicana a partir de un par de libros, ahora estamos en presencia de juicios que evitan toda documentación y que se sostienen más en el gracejo y la broma elíptica.

Marcos como dirigente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se halla en una retirada estratégica del escenario nacional, después de varios cambios tácticos ensayados desde enero de 1994. En estos momentos la mayor repercusión del movimiento se verifica en el plano internacional, como un ícono de la lucha en contra de la globalización y por el reconocimiento de los derechos indígenas. Los avances obtenidos entre las comunidades indígenas de Chiapas son innegables, pero resta definir la política nacional, que se desenvuelve con una lógica diferente a la dictadura de los hacendados. La salida de ese impasse requiere de un examen a fondo de los supuestos ideológicos en que se ha sustentado un levantamiento popular por demás legítimo y necesario en el país.

 

En busca del sujeto social perdido

Las largas enumeraciones de los actores sociales a quienes interpela el discurso del EZLN (Tacho llegó a referirse a los marinos y a los submarinos) no pueden ocultar la tajante distinción entre el campo del enemigo y el de los aliados como dos continentes que no se asimilan ni se contaminan. El planeta concibe el orden desde la expresión contable que plantea el capital financiero: la estabilidad de Europa y del mundo depende de que los miembros de la Unión Europea mantengan un déficit fiscal inferior al 3%. Esa es una expresión de la necesidad, mientras que enfrentar a diario la pobreza y generar estrategias originales para “gambetearla”, como dice el tango, representa la contingencia en la que están envueltas grandes masas. El maniqueísmo conduce a posiciones políticas maximalistas que están destinadas a fracasar en una sociedad cuyos miembros, en su mayoría, están colonizados por el espectáculo (llámese éste la televisión, la música, el cine, Internet), espectáculo que ha sustituido al sujeto político ciudadano por las redes de público. El estado ya no es el único obstáculo a remover en un proceso de liberación; los llamados poderes fácticos (los lobbies empresariales, los barones del narcotráfico) complican aun más el panorama.


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La cultura y la sociedad desde el punto de vista antropológico son fenómenos múltiples y sincréticos, es decir, admiten variaciones y mezclas. La complejidad de las sociedades globalizadas no admite simplificaciones. El poder, hoy se reconoce, tiene una arista productiva, produce actores sociales que están sujetos a una compleja red que se tiende sobre las sociedades. Hay que incidir sobre la materialidad de esa red que pasa inadvertida en el transcurrir de todos los días. Bien decía Gramsci que en estos conglomerados humanos se defiende el poder del estado y de las empresas por medio de un entramado de trincheras y casamatas instaladas en la propia sociedad civil, verbigracia, las identidades adscriptivas que convocan a las multitudes (ser joven, ser mujer, ser homosexual, ser antirégimen, etcétera). ¿Acaso hay indios puros o blancos puros? Creo que es una idea insostenible partir de la pureza incontaminada. En el mundo de las contradicciones irreductibles no caben todos los mundos.

Siguiendo con Gramsci, los zapatistas, en apariencia, optaron en un comienzo por emprender la guerra de movimientos y se lanzaron a la conquista armada de las ciudades donde se concentraba el poder de los opulentos. En Oriente (la Revolución Rusa, de acuerdo con la metáfora de Gramsci), la “guerra de movimientos” había destruido con rapidez las estructuras estatales, que no se hallaban insertas en la mentalidad de las multitudes por el escaso desarrollo de una sociedad civil. La revolución se entendía como esa ruptura puntual con el pasado de dominación brutal.  No hay duda de que la emergencia pública del EZLN en 1994 no podía prescindir de la violencia para cambiar una situación en que los hacendados se comportaban con brutalidad criminal (“de horca y cuchillo”, como dijo un conocedor de la situación chiapaneca). Se recuperó la dignidad indígena para ya no soportar que un coleto lo expulsara de la banqueta o que un rico matara a mansalva niños, mujeres y varones adultos.

En cambio, continuando con la lectura de los Cuadernos de la cárcel, para Occidente (las sociedades de Europa occidental) se imponía una larga “guerra de posiciones” antes de tomar el poder; una paciente labor de desgaste de las estructuras políticas y culturales implantadas hasta en el nombre de las calles y de las personas. Mediante esa maraña de símbolos en apariencia neutrales, las clases dominantes ejercen la dirección de la sociedad e incorporan a sectores de las clases subalternas al bloque histórico construido para reproducir su posición hegemónica.[9] Formaciones sociales con una mayor densidad y complejidad institucional poseen mecanismos de inmunización a las irrupciones repentinas y violentas de las masas, por lo que el enfrentamiento de trincheras se hace casi imposible. Desde el territorio autónomo que hoy ocupan, los zapatistas se abocan a una paciente y prolongada lucha por las posiciones.

Pasemos al análisis detallado de la cuarta parte. “Juan Pérez” (insospechada imaginación del autor al escoger un nombre ficticio) es el individuo que se toma como ejemplo de la forma en que se constituye un sujeto social, primero en la familia mediante el “poder del Padre” (cualquier familia, cualquier padre de cualquier país y de cualquier época capitalista), y a continuación en la escuela. El poder omnipresente y ahistórico, omnímodo, ese fue el punto de partida de Foucault al denunciar la acción de los micropoderes en la cárcel, el hospital, todos los espacios de clausura y disciplina. Luego perfeccionó su análisis hasta llegar al concepto de biopolítica, mucho más preciso e histórico.

En cambio, Juan Pérez padece al Jefe de Estado en el hogar, en el aula, en el volante de un microbús. No niego el autoritarismo hic et nunc, pero tampoco admitiría confundir los efectos criminales en cadena de un Pinochet con la arbitrariedad hogareña del papá de Kafka, aunque ambos sean detestables. Escuchemos esta descripción. “Juan está formado en una de las filas en el patio de la escuela esperando entrar a clase. Está en la primera disposición que el discurso del Poder ha ordenado. Debe de estar derecho, sin hablar, estático. Desde un principio se reconoce como elemento pasivo en esta situación. La mínima muestra de actividad será castigada inmediatamente. Juan debe aprender a distinguir lugares-situaciones (el sujeto, inserto en estructuras de poder se enfrenta continuamente con situaciones problemáticas que tiene que resolver tomando su lugar en la pareja de sujetamiento Dominador/ dominado. Este lugar se modifica según el “espacio” de poder donde se realiza y según las modificaciones más generales del proceso de reproducción/ transformación de las relaciones sociales de producción.” (El párrafo se ubica en la página 76 de la tesis, y se reproduce ad litteram, incluidos errores de puntuación y mayúsculas).

Hay un reduccionismo de la multiplicidad de normas que regulan la violencia simbólica en la escuela, y en los diferentes espacios comunitarios en que se le da forma a un sujeto desde que nace incorporado a un pacto social que nunca firmó, además de que no se advierte ni siquiera un pequeño espacio de resistencia por parte del sometido; luego, no hay lucha, no hay enfrentamiento, no hay guerra, como sostenía el autor de la tesis al inicio del trabajo.

Si se cambiara a Juan por Jacobo se mostraría que la asimilación del espacio escolar disciplinario con el tétrico espacio del campo de concentración en Auschwitz sería patética. Evoca en todo caso un tipo de escuela que habría soñado el papá del juez Schreber, aquel que proponía unos aparatos ortopédicos para amarrar al alumno en el pupitre y dejarle en posesión de movimiento exclusivamente a la mano derecha. Las mejores páginas de Los miserables de Víctor Hugo no reflejan tanta desesperanza. Precisamente, el análisis no es concreto ni aun en el sentido que lo explicaba Marx, como síntesis de múltiples determinaciones. Lamento, entre otras, la falta de explicitación de las determinaciones espaciales y temporales, o sea, históricas.

 

Historia, verdad, mentira y discursos que las acompañan

La situación se plantea sin aludir a procesos históricos ocurridos, es atemporal, corresponde a la operación de sujetar al sujeto con la cuerda de la ideología. Gramsci anotó en los Cuadernos de la cárcelque los comunistas italianos habían sido derrotados porque no conocían el territorio donde se movían, Italia, y lo habían sustituido por simplificaciones teóricas. Precisamente, el inmenso valor de la teoría es que nos permite “ver” realidades, y su debilidad consiste en que, como un sello aplicado a un objeto, realidades fundamentales permanecen en la ignorancia. Por el contrario, la teoría como discurso abstracto impide “ver” más allá de su lógica interna. No obstante, Guillén no es ingenuo, y en esos diálogos con el alter ego con que matiza su comunicación (una especie de conversaciones con el proto Durito) se cuestiona a sí mismo aceptando, por una parte, que “se da por sentada esa caracterización general de la formación social mexicana” (página 109, subrayado mío), y afirmando, por otra, que no la incluye porque ello rebasa el objetivo del trabajo. Sólo faltó que recurriera al lugar común televisivo, “el tiempo es un tirano”.

Aquí radica la principal deficiencia de la investigación: en contra de lo sostenido al comienzo, la educación y la historia se presentan como algo externo al discurso filosófico y éste puede desarrollarse “dando por sentado” un análisis de la coyuntura sociopolítica que pretende desentrañar. De esta manera, el Estado Mexicano se convierte en un monstruo omnisciente que me dicta hasta estas líneas que redacto. La dominación viene de arriba, es unilineal y no se divisan las trincheras en que me opongo al discurso del Hermano Mayor, porque tampoco hubo espacio para identificar las formas discursivas de “resistencia” y “combate” que la ideología dominada opone punto por punto de su inserción a los discursos hegemónicos.

El informe termina exhortando a asumir una posición política que haga posible “otra” estrategia discursiva, mudanza que está condicionada por el desarrollo de una “práctica política proletaria”. Luego, el sujeto de esta política, aunque necesario, es un proletariado difícil de identificar como revolucionario en la situación de esa época, cuando las huestes obreras estaban neutralizadas en su accionar por la disciplina despótica e intolerante que imponían el Congreso del Trabajo y la Confederación de Trabajadores de México, ancladas en la figura sempiterna de Fidel Velázquez conduciendo a sus acarreados a “dar gracias al señor Presidente”. Con todo, ya se perfilaban en el horizonte de las clases subalternas los movimientos independientes en las universidades (STUNAM y SITUAM) o en el gremio de los telefonistas así como en la industria nuclear, y en innumerables puntos de resistencia anónima dispersos en la geografía nacional.

En estas páginas juveniles de Guillén, los indígenas son todavía más invisibles: ninguna mención  se dedica a ellos en el texto. Me queda la impresión de que en el texto de la tesis ambos discursos (el filosófico y el político) se desenvuelven a partir de posiciones irreductibles que acomodan los hechos a consignas previas, sin apelar a datos precisos que se relacionen entre sí y que posibiliten un análisis detallado para intervenir en una coyuntura compleja donde la heterogénea vida cotidiana de las masas no se reduce a la situación en que un presunto niño enmudecido comparece congelado frente al pelotón escolar. Guillén Vicente se adscribe a la visión pedagógica de la revolución: Marx escribió El Capital con la ilusión de que un obrero pudiera educarse en sus páginas para hacer la revolución. Marcos rompe con la visión pedagógica clásica, y ateniéndose a la tercera tesis sobre Feuerbach, entiende que el educador necesita ser educado y se sumerge en medio de los oprimidos: el príncipe sirve al pueblo y el pueblo sirve al príncipe.

 

 

 


[1] Martin Heidegger (2005), Qué significa pensar, Madrid, Editorial Trotta.

[2] Con agudeza, Sloterdijk se ha referido a este episodio: “Tal y como demuestra la psicología del suicida, que en el fondo es asesino de otro, no de sí mismo, también hay asesinos que, en el fondo, son suicidas que se aniquilan a sí mismos en el otro.” Véase, Crítica de la razón cínica, 2003, Madrid, Siruela, pág. 161.

[3] Marcos ya es menos un hombre que una marca revolucionaria, un icono con pasamontañas que se multiplica en posters y en muñecos artesanales elaborados por los indígenas chiapanecos.

[4] Michel Foucault (1978), Microfísica del poder, Madrid, Ediciones de la Piqueta, pág. 135.

[5] Friedrich Nietzsche (1981), La voluntad de poderío, Madrid, Biblioteca Edaf, págs. 207-208.

[6] http://fzsreload.blogspot.mx/2011/12/carta-del-subcomandante-marcos-luis.html

[7] “Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert, es kömmt drauf an, sie zu verändern.”

[8] Peña Nieto es algo más que un títere (esa es su dimensión contingente, ya que hay muchos candidatos a títere), es el elegido por un moderno maximato colectivo (esa es la dimensión necesaria), cuya pelona cabeza responde al nombre de Carlos Salinas de Gortari.

[9] Véase al respecto, Antonio Gramsci (1986), Cuadernos de la cárcel, México, Ediciones Era, págs. 353 y siguientes.

 

[div2 class=”highlight1″]Cómo citar este artículo:

SÁEZ ARRECEYGOR, Hugo Enrique, (2012) “La tesis de filosofía del sub Marcos: una lectura de Althusser”, Pacarina del Sur [En línea], año 3, núm. 12, julio-septiembre, 2012. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 21 de Diciembre de 2016.

. Disponible en Internet: http://www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=472&catid=3&Itemid=4%5B/div2%5DFuente: Pacarina del Sur – http://www.pacarinadelsur.com/home/alma-matinal/472-la-tesis-de-filosofia-del-sub-marcos-una-lectura-de-althusser – Prohibida su reproducción sin citar el origen.

Origen: La tesis de filosofía del sub Marcos: una lectura de Althusser

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